domingo, 14 de octubre de 2012

"Aquellos rostros a los que todo les había sido robado" C.B







Yo me hubiera pasado toda mi vida entre tu nariz y tu labio, Daniel, perdida en esa inconstante sensación de no comprender por qué se puede estar tan a gusto en un situación tan incómoda, como es el vivir casi a punto de robarte el beso que guardas en el labio inferior. Sé que te lo robé muchas veces, ahora no sé cuantas, ni puedo contarlas, sabes que lo mío nunca fueron los números y mucho menos las ecuaciones que equivalen a ese proceso, sólo sé que fueron muchas.

Ahora que sé que te has ido, bueno eso ya lo sabía desde que te saliste por la puerta, pero ahora que sé que no vas a volver (y eso lo sé porque miro la parte derecha de la estantería y está vacía, allí donde compaginabas el atlas de anatomía humana y el de parasitología con las poesía Bocowski)... pues que veo la estantería vacía y que ya no suena Led Zepellin por las mañanas y que el geranio del balcón se está marchitando y que no puedo hacer nada por evitar esa angustia que me agarra del cuello cada vez que oigo el timbrazo del teléfono para descubrir que no eres tú quien llama… ahora que sé que te has ido y sé que no vas a volver aparece el miedo. Ahora que sé que no vas a volver, Daniel, no puedo evitar pensar que tengo que abandonarte, no por amarte o dejar de hacerlo, si no porque me estoy perdiendo a mi misma de tan poco comer o de tanto beber, de tan poco vivir o de tanto humo, no sé.

Ahora que sé que no tienes intención de volver, empiezo a preguntarme dónde estarás y te imagino lejos de aquí. Te imagino en Sevilla, arropado bajo las sombras de las minifaldas que recorren la ciudad aunque esté casi llegando el otoño. Quitándote el pelo de la frente mientras te muerdes con el colmillo derecho el labio inferior mientras te preguntas qué podrás hacer ahora que ya has llegado. Te preguntarás porque te imagino allí, pero es que sé que siempre quisiste ir y me gusta pensar que ya que me has abandonado serás feliz en otro lugar o que por lo menos tenías una buena razón para marcharte.

Sí que es duro, sí, pero no te diré que te echo de menos para evitar que puedas mirarme como me miras cuando me hablas de no sé qué rollo de la etiología de alguna enfermedad o de no sé qué rollo de los antibacterianos. Sí, de esa manera, como si no tuvieras ya nada que desentrañar de mi, como sí ya me conocieras, no quiero que me mires como si estuviera vacía y dejar de sentir que te brillan los ojos al despertarte todas las mañanas. Eso será sólo si vuelves.

Yo me hubiera pasado toda mi vida entre tu nariz y tu labio superior, Daniel, pero no me dejaste ni tan siquiera demostrártelo.

Ana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario